Soinu Magikoak

Hasta no hace mucho, poco más de un siglo, la cultura de nuestro pueblo fue rural y marinera. No hubo entre nuestros predecesores grandes escritores, artistas o científicos; eran gentes sencillas, al igual que lo eran sus forma de vida basadas en la agricultura, la pesca, el pastoreo y la artesanía, es decir en la Naturaleza que les proveía de todo lo necesario para subsistir y a la que correspondían con respeto y veneración. 

Las creencias de aquellos primeros vascos únicamente podían basarse en lo que veían sus ojos: el sol, la luna y, sobre todo, la Naturaleza, a la que llamaron Amari, la que es madre, Ama Lurra, la Madre Tierra. A esa diosa matriarcal le ofrecieron sacrificios y rogaron para que las cosechas fueran fructíferas, los protegiera, les diera hijos. Era ella quien creaba las tempestades, enviaba el granizo y la lluvia; se rodeaba de fuego o se envolvía en la niebla para trasladarse de un lugar a otro. Ella era la Naturaleza, la vida. De ahí que le atribuyesen la fuerza del oso, la velocidad del caballo, la capacidad de volar del águila; de ahí que venerasen a ciertos árboles, en especial al roble por ser el más sólido y fuerte de todos ellos y los leñadores le pidiesen perdón antes de proceder a la tala. Creían que su morada no estaba en el cielo inalcanzable, sino en la propia Tierra que pisaban, los cobijaba, los alimentaba y procuraba la fertilidad a humanos, animales y plantas, sin la cual estarían abocados a desaparecer. Situaban sus siete casas en las montañas más altas de nuestro territorio, repletas de menhires, cromleches y cuevas sepulcrales donde enterraban a sus muertos con la esperanza de que renaciesen del seno materno, al igual que cada primavera resurgen de la tierra las plantas y los frutos. 

Nuestras leyendas, mitos y tradiciones están profundamente arraigadas en dichas creencias y su mitología es una de las más ricas de Europa. Así, Sugoi o Sugaar, el culebro, señor de las profundidades que habita en la cueva de Balzola, es el compañero de Amari con quien se reúne los días de tormenta; Aizekoa, el del aire, capaz con su fuerza de levantar los tejados de los caseríos y doblar los árboles; Gauekoa, el de la noche, que hostiga a los caminantes tardíos; Adurra, la suerte, que provee la fortuna o la desgracia. Así, Basojauna, el señor del bosque, que habita en las profundidades de los bosques; Jentila, el gigante que enseña a los humanos a sembrar el trigo y a utilizar la muela del molino; Tattartalo, Torto, Tartaro o Anxo, el cíclope de un solo ojo, que atemoriza a los pastores; Lamia, Eleilamia o Amilamia, doncella de los ríos y de las fuentes, que suspira por el amor imposible de un pastor; Sorgina, la bruja, que acude a los akelarres y se une con el diablo; Herensugea, el dragón, de una, tres o siete cabezas, que quema bosques y cosechas y desaparece cada atardecer en el horizonte que él mismo pinta de rojo con el fuego de su boca… 

Toti Martínez de Lezea

SOINU MAGIKOAK trata de acercar a grandes y pequeños dos elementos fundamentales de la cultura: la música y la transmisión oral de la mitología euskaldun. A este fin, se intercalan, de manera ágil y continuada durante una duración de 90′, piezas de música interpretadas por el conjunto SOINUAREN BIDAIA y una visión de las leyendas y personajes mitológicos vascos presentados por TOTI MARTÍNEZ DE LEZEA. Tanto intérpretes como narradora gozan de una amplia experiencia y aceptación por parte del público.

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